jueves, 4 de febrero de 2010

La Cita (Nano prosa)

Llegamos a la cita a la hora indicada, como dos colegiales ávidos por descubrir nuevas enseñanzas. Por sorber de los minutos la sabia que alimenta y energética.
La tarde en su apogeo nos ofrecía el calor de su sonrisa
Muy adentro de nosotros hacían refugio los temores y afloraba la dulzura del encuentro.
Nuestros pechos al ritmo de la sangre se oprimían, viajaban errantes en pos de la imaginación que amenazaba con hacerse presente y triturar con sus dientes tantas palabras y promesas, que al cobijo de la noche por un tiempo nos decíamos.
Solos, en medio de la habitación nuestros ojos buscaban ser enlaces de la osadía.
Fui recorriendo con mi vista su cuerpo, en un afán de despertar de un sueño que se tangibilizaba y desafiaba con desbordar los instintos y la utopía.
Mis manos fueron deleitándose con cada curva, fueron creando un dialogo entre las pieles que en medio de las caricias parecían conocerse y crear una reciprocidad desconocida.
Los labios cabalgando sobre el corcel del delirio, se desmaterializaban al contacto de las lenguas, eran trenes surcando los limites de las estaciones, almas que encendían al contacto trémulo de sus esencias.
Sin darnos cuenta nos fuimos despojando de la ropa, de nuestros miedos, del anhelo de la carne y de los secretos.
Su piel blanca en contraste con la ropa interior roja, le daban un encanto sublime.
Dejamos a un lado los cuerpos y le permitimos volar a las ansias, a la sed, al hambre de caricias diferentes.
Como marinos de mares ignotos penetramos en los misterios sagrados del éxtasis.
Desnudos, fuimos haciendo de lo profano, sagrado, exprimiendo con parsimonia cada sensación que nos recorría.
Su boca fue elixir desde donde nació la pasión que palpitaba, haciendo latir el corazón en nuestros sexos, que se descubrían, que se reencontraban, que nos mostraban la gloria entre los espasmos eléctricos de cada orgasmo, que multiplicados nos hicieron olvidarnos del mundo, de las realidades que agobian la cotidianidad, de las paradojas de la libertad y de la compañía. .
Cruzando los umbrales del deseo se incendiaron los sentidos, desaparecimos, nos quedamos estáticos en un mundo paralelo donde dormíamos despiertos y amábamos sin la prisión corporal que momifica los sentimientos y los destruye.
Cada gemido fue un verso, cada beso un himno, cada estremecimiento un terremoto que fue sacudiendo cada poro y cada partícula del oxigeno que nos mantienen vivos.
Mas allá de sus pezones existían soledades que dormitaban como los inviernos y acompañaban la voracidad de mi boca.
En los confines de sus caricias me embriagaban sus dedos que caminando por mi cuerpo, como hormigas, exacerbaban cada deseo que moribundos en otros momentos se rendían.
Cuando explotó el tiempo, cansados, pero aun hambrientos, tuvimos que despertar para enfrentarnos a la imprevisible compañía de la normalidad.
Y compramos boletos para la próxima estación con la duda de que despareciera antes de llegar.
Con la sensación de haber dado comienzo y fin al mas etéreo de los amores.
 
Literatura